viernes, 19 de septiembre de 2008

Es mío.




Yo tengo un bosque, y es mío. Nadie puede entrar en él. Otros tienen otros bosques, seguramente mejores, pero yo tengo el mío, y nadie puede entrar en él. No voy muy a menudo, pero cuando puedo estar un rato, nunca estoy solo. En mi bosque viven muchos seres: hay Morlocks que acechan a Elois. Hay Nexus 6 que hablan con monstruos decimonónicos buscando una explicación a su artificial existencia. En mi bosque, los Hobbits tratan de escapar de los Nazgul, mientras que grandes conquistadores invaden imperios inmensos.

En mi bosque hay terrazas soleadas donde ocurren conmovedoras historias de amor, mientras niños buscan nombres para princesas imaginarias. Hay científicos angustiados por haber condensado su mal en su otro yo. Hay vampiros que caminan por paredes verticales, y vampiros elegantes que enamoran a sus víctimas.

Hay náufragos desfallecidos y caballeros que vencen a sus rivales en duelos sin par. En mi bosque suena la música que yo quiero, y veo bailar hadas luminosas en la oscuridad, junto a gaviotas que quieren vivir su independencia.

En mi bosque hay niños que se ocultan en bibliotecas y niños que se esconden en grutas, lejos de cualquier olor. En mi bosque habitan mis seres queridos; los vivos y los muertos.

Es mi bosque. No es mejor que otros, pero es el mío. Y nadie puede entrar en él.

Yorick

lunes, 18 de agosto de 2008

Sigue brillando loco diamante



Recuerdo cuando eras joven, brillabas como el sol.
Ahora tus ojos parecen agujeros negros en el espacio.

Sigue brillando loco diamante.

Te viste en medio del fuego cruzado,
entre la niñez y el estrellato.

Barrido por un aliento de acero.

Vamos, objetivo de risas lejanas.
Vamos tú, desconocido, leyenda, mártir ¡y brilla!

Intentaste encontrar el secreto demasiado pronto,
le gritaste a la Luna.

Sigue brillando loco diamante.

Asustado por las sombras de la noche,
y expuesto a la luz.

Sigue brillando loco diamante.

Agotaste tu tiempo con aleatoria precisión,
te marchaste sobre el aliento de acero.

Vamos, delirante contemplador de visiones,
Vamos tú, pintor, flautista, prisionero ¡y brilla!



Shine on you crazy diamond.

Cuando empecé a buscar información sobre la canción Shine on you crazy diamond, supe que iba a encontrar una gran cantidad de datos contradictorios. Pocas canciones hay que hayan creado tanta controversia. Desde traducciones absurdas como El brillo de tus ojos de diamante, hasta interpretaciones cercanas a la metafísica. Lo cierto es que la traducción literal del título está más cerca de la realidad que la búsqueda de mensajes más o menos profundos. Literalmente significaría Sigue brillando loco diamante, y es exactamente eso lo que creo que querían decir.

Si uno quiere hacer algo más que una traducción literal de una canción, y pretende trasladar el sentido de un idioma a otro, aun cuando sea una misión muy difícil, más aun cuando el nivel de conocimiento del idioma es limitado, ayuda el tratar de situarse en el contexto del autor cuando la escribió, sabiendo la dificultad insalvable que esto conlleva. Pues bien, una vez se empieza a investigar sobre esta canción uno se topa tarde o temprano con la figura de Syd Barrett, el mítico fundador de Pink Floyd. Que la pieza está dedicada a él parece universalmente admitido, y a medida que se va progresando en la interpretación de la letra, se llega a esta misma conclusión. En mi opinión la presencia de Barrett en el disco Wish you were here, más allá del aspecto musical, es evidente.

Syd Barrett, el loco diamante.

He encontrado referencias bibliográficas a, al menos, diez biografías de Syd Barrett, aunque cuando he decidido escribir sobre él, he procurado ceñirme a la de Malcom Jones y a las breves alusiones en entrevistas de Roger Waters y David Gilmour. La cantidad de datos, rumores, teorías más o menos descabelladas sobre su vida que se pueden encontrar resulta amedrentadora. Compañero de escuela, Barrett formó Pink Floyd junto a Waters, y temas como See Emily play o Astronomy domine son obra suya. Incluso el nombre de la banda lo ideó él, basándose en los nombres de dos de sus idolatrados músicos de blues: Pink Anderson y Floyd Council.

Hay diversas opiniones sobre su salud mental. Sus defensores más apasionados niegan cualquier enfermedad mental, y achacan sus problemas al abuso de drogas, sobre todo LSD. Otros afirman que sufría de varias patologías: Síndrome de Asperger, una incipiente esquizofrenia, etc. Personalmente dudo que sólo el LSD le causara una degradación mental tan acentuada, mucho más en una época en que los sicotrópicos estaban todavía en una etapa muy primitiva. Probablemente la droga encontró una grieta en los cimientos donde se enconó hasta hacer derrumbarse el edificio.

Sus lagunas mentales le llevaron a abandonar el grupo, entrando David Gilmour en su lugar. La influencia de Barrett sobre el grupo ha sido indiscutible y fácilmente detectable; el ambiente y la esencia de la música de Pink Floyd, ese aura espacial, el despertar sensaciones, es obra suya. No hay discusión posible. Años después de abandonar el grupo, Barrett llamó a la EMI para intentar grabar un disco, fue Malcom Jones, un ejecutivo de la empresa que conocía perfectamente el talento de Barrett, quien convenció a los directivos de la discográfica para que accedieran.

En principio el propio Jones empezó a producir el disco, pero fueron Gilmour y Waters quienes se hicieron finalmente cargo del asunto. La grabación fue difícil, pues los bloqueos mentales les hacían parar durante días. Al final, y casi sacándole las composiciones a la fuerza, vio la luz el disco The Madcap Laughs, una pequeña joya que deja claro que el padre conceptual de Pink Floyd es, indiscutiblemente, Syd Barrett; concepto que después supieron desarrollar admirablemente Gilmour y Waters. A pesar de su decadente salud mental, aún fue capaz de sacar un segundo disco poco después, que se tituló Barrett. Su influencia sobre la música experimental de los años sesenta y setenta ha sido decisiva, no sólo Pink Floyd, también músicos como David Bowie o los T.Rex de Marc Bolan reconocieron abiertamente haber bebido del talento de este maravilloso loco. Existen revistas que se publican periódicamente dedicadas a él. Los períodos de lucidez desaparecieron años atrás.

Pink Floyd para Syd Barrett.

Es difícil imaginar lo duro que sería presenciar la desintegración mental del amigo en el grupo, especialmente para Roger Waters. Las alusiones y canciones dedicadas, más o menos oficialmente a Barrett son varias en la discografía de Pink Floyd, desde Brain Damage (Daño cerebral) del disco The dark side of the moon, hasta las más evidentes Shine on you crazy diamond o Wish you were here. Mientras la primera es una exhortación a que se recupere, la segunda acepta que el daño es irreparable. Especialmente emotiva es la frase del estribillo de Wish you were here:

Cómo desearía que estuvieras aquí. No somos más que dos almas perdidas nadando en una pecera, año tras año. Pisando el mismo viejo suelo y ¿Qué hemos encontrado? Los mismos viejos miedos. Ojalá estuvieras aquí.

Al cabo de los años, Barrett se convirtió en un personaje de culto. Algunos le sitúan al mismo nivel de Janis Joplin o Jimmy Hendrix, a pesar de los esfuerzos de David Gilmour para que lo dejaran en paz. Lo cierto es que una leve aproximación a su figura genera un enorme campo magnético hacia su persona. En una de sus últimas entrevistas declaró: “Me hubiese gustado formar una banda de rock”. Amigo, ojalá tu mal te hubiese permitido apreciar, aunque fuese sólo por un segundo, qué banda de rock fuiste capaz de formar.

Syd Barrett murió el 7 de julio de 2006 a causa de un cáncer de páncreas.

Yorick

jueves, 14 de agosto de 2008

¡Diles que no me maten!

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

"Y me mató un novillo.

"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

-¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

Juan Rulfo

Primer Post

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir cruzándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo.

Haruki Murakami